Todos los años, el sorteo deparaba el orden de los candidatos para elegir aquellas flores que solo allí crecían. Tenían diversos colores y se les atribuía algunas propiedades, como la de hacer feliz al que las poseía. Pero también nacía a su lado una flor negra. Nadie la deseaba, nadie la quería pues decían que traía sufrimiento con ella.
El sorteo parecía estar amañado de antemano, siempre le tocaba a ella elegir en último lugar y por lo tanto quedarse con la negra flor. La que cuidadosamente acariciaba y arrancaba de raiz para trasplantarla a otro tiesto. Su cara reflejaba entonces toda la desdicha y el sufrimiento que se le atribuía, pero pasaban las semanas y ella parecía inalterable a la negra flor. Y los que guardaban las flores más bellas, tenían la ansiedad del futuro, de saber qué flor les tocaría al año siguiente.
Y al año siguiente pasó...el sorteo esta vez le otorgó el primer lugar a ella. Ella se acercó como siempre al plantero, y sin dudarlo ni un solo instante... escogió la flor negra.
Por Jordi Luna

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